

He aquí la última entrada que pienso, directa o indirectamente, dedicar en mis dos
blogs actuales a los "Malditos bastardos" de Tarantino. Desde su período de producción, jamás imaginé que me vería abocado a compartir la febril acogida multitudinaria que tan sólo el bache de su versión en Cannes provocó tal estreno. Me alegra decir que las gotas que he aportado en el mar de tinta que ha desbordado el pelotón del teniente Raine no han sido malgastadas, ni que la fe puesta en la cinta haya sido decepcionada.
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Inglorious basterds" es una obra total, plagada de referencias que ajustan más allá del imaginario Tarantiniano y que consigue no sólo devolver al cine su aura de espectáculo sin necesidad de sorprendente pirotecnia técnica, sustentándose exclusivamente en la grandiosidad de sus pretensiones narrativas y la construcción de personajes, sino congraciar a sus espectadores con la sensación de que han empleado bien su dinero y su tiempo, animándoles a regresar a una sala para disfrutar en compañía de la magia en la gran pantalla de la que adolecen nuestras pequeñas vidas.
Desde el homenaje inicial al
spaghetthi-western de Leone, al granguiñolesco final heredero del
exploit del cine bélico europeo de los setenta (¡impagables las humoradas a costa de cineastas como
Antonio Margheriti, más aplaudido como Anthony M. Dawson... entre otros pseudónimos!), Tarantino logra hacer protagonista a su historia distribuyendo con acierto el peso de sus personajes a lo largo de varios actos que se equilibran envidiablemente entre su independencia y ser una pieza del
puzzle.
Puzzle que no pasa por ser un fresco de la IIGM (con un sorprendente desenlace cuyo
spoiler ahorraré, pero defendible desde el punto de vista de una obra de ficción que juega en el universo paralelo del 7º Arte), pero que en su pretensión de ser un (auto)homenaje a una vida cinéfila, aprovecha las máximas de la idea de espectáculo que antes he referido, aunque enmendando en ellas ciertos pasajes que ni toda la suspensión de incredulidad del mundo evitaba que nos torturasen a la salida de los odeones o al apagar el vhs...
En la guerra se muere de forma brutal y generalmente aleatoria; una muerte sucia que emborrona todos los planes y nuestras heroicidades pasadas de un plumazo. Y, naturalmente, en una guerra planetaria tu boca y tus gestos pueden delatatarte, algo que ha generado la polémica sobre la necedad de doblar una película cuyo argumento depende directamente de idiomas y acentos. Eso implica que el
film sólo puede/debe verse en tres ciudades españolas que respetan esa premisa insoslayable y, por una vez, Zaragoza es una de ellas. Mejor: esta es una película cuyas batallas se libran en espacios cerrados y las palabras son tan dañinas como las balas...
No quiero cerrar esta entusiasta crónica sin sumarme a los elogios que han ido recogiendo dos de los actores del amplio elenco internacional: el alemán Christoph Waltz, merecidísima Palma de Oro en Cannes por su alucinante composición del educado sociópata Hans Landa; y la bellísima
Mélanie Laurent, por dar aliento a su atormetada y decidida Shosanna Dreyfus. Mi percepción es que, bien la mano de Tarantino (en el guión o el montaje con su inseparable Sally Menke), o bien sus loables trabajos interpretativos, los convierten en las grandes revelaciones y auténticos protagonistas de este pastiche
glorioso; y por ello encabezo esta entrada con sus rostros.
Dicho de otro modo y para que no haya dudas tras mi verborrea literaria: ¡obra maestra imprescindible (en v.o.s.e.)!